Cuando el estrés laboral eclipsa al resto de facetas de la vida. POR: TOMAS SANTA CECILIA

Para algunas personas, el trabajo es casi indistinguible de una afición o pasión con capacidad creativa. Para otras, es tan solo un medio a través del cual obtener lo que se necesita para vivir.

Pero hay una tercera posibilidad que combina elementos de ambas maneras de experimentar el trabajo y que da lugar a muchos problemas.

Se trata de la obsesión por el trabajo ligada al estrés laboral, en la que se busca desesperadamente llegar a los objetivos profesionales, y por otro lado estos “invaden” la mete de la persona durante todo el día, también en su vida privada.

La ansiedad y el estrés laboral como problemas psicológicos

Lo primero a destacar es que ni la ansiedad en general ni el estrés generado por los contextos laborales en particular son en sí un problema que debamos evitar. Ambas son respuestas emocionales naturales ante situaciones que nos plantean retos y que exigen de nosotros que nos adaptemos a una serie de limitaciones para lograr unas metas.

Y esto es lo que ocurre con los entornos en los que dedicamos horas de la semana al trabajo remunerado: tenemos objetivos de eficiencia y rentabilidad que aspiramos a alcanzar para satisfacer necesidades. Prácticamente nadie puede “ganarse la vida” manteniéndose constantemente en su zona de confort, siempre hay que aplicar esfuerzo y dedicación a una serie de tareas que nos permiten mantener o mejorar un determinado ritmo de vida, todo ello lidiando con la incertidumbre de qué nos deparará el futuro laboralmente hablando.

Y es que gracias a nuestra capacidad y predisposición a experimentar estrés en situaciones complicadas somos mejores reaccionando rápidamente a los momentos en los que debemos pasar a la acción para generar valor; forma parte del conjunto de elementos psicológicos que nos permite estar motivados por progresar en nuestras carreras laborales o mejorar nuestra situación económica, entre otras cosas. Sin el estrés, no se entendería ese interés por no quedarnos “rezagados” ante los cambios por los que pasa el mercado laboral y los ecosistemas de empresas.

Sin embargo, hay situaciones en las que el estrés deja de ser una ayuda y pasa a ser un problema, un obstáculo que no solo nos lleva a pasarlo mal, sino que desgasta nuestra calidad de vida y, por supuesto, nuestro desempeño laboral a medio y largo plazo.

Además, esta clase de problema suelen aparecer en forma de paradoja; nos sentimos muy estresados porque hay algo que creemos que nos supera, y eso nos lleva a obsesionarnos con ello de un modo disfuncional, que nos hace estar menos preparados para hacerle frente.

Además, las personas con un alto estrés laboral no consiguen desconectar mentalmente de su faceta profesional cuando termina su jornada de trabajo, lo cual les genera un alto desgaste psicológico.

Obsesión con el trabajo

Elementos del estrés laboral que hacen que el trabajo invada nuestras vidas

Estas son las principales fuentes de estrés laboral y que predisponen a las personas a obsesionarse con su trabajo.

1. La carga mental de trabajo

La carga mental de trabajo es el conjunto de exigencias psicofísicas asociadas a una tarea. Cuando nos pasamos demasiado tiempo concentrándonos a tareas complicadas, lo más posible es que no nos queden “fuerzas” para realizar ninguna otra tarea psicológicamente compleja: leer un libro, hablar con la familia, etc.

2. Mala gestión del tiempo de ocio o descanso en el lugar de trabajo

Muchas personas con estrés laboral se sienten tan preocupadas que casi sin darse cuenta, se mentalizan con la idea de pasar buena parte de su tiempo libre en su lugar de trabajo, para no alejarse demasiado del lugar “en el que tienen que estar”.

En otras ocasiones, el estrés hace que la persona se distraiga demasiado en horas en las que debería estar trabajando (como estrategia de evitación de situaciones ansiógenas, como por ejemplo comer sin hambre), y esto hace que el tiempo libre se mezcle con la jornada laboral, por lo que se va acumulando el trabajo.

3. La rumiación psicológica

La rumiación psicológica es la aparición cíclica, automática e indeseada de pensamientos intrusivos en la mente de la persona. Es una de las consecuencias de la ansiedad y el estrés, y normalmente los pensamientos en los que se basa son desagradables o perturbadores, y tienen que ver con lo que le preocupa a la persona.

Debido a la predisposición a atraer a la consciencia imágenes estresantes o angustiantes, las personas con estrés laboral están reviviendo constantemente recuerdos desagradables asociados a su puesto de trabajo, pronósticos catastróficos sobre su futuro laboral, etc.

4. Desajustes del horario del sueño

Como consecuencia de lo anterior, es habitual que el estrés laboral haga difícil conciliar el sueño a la hora adecuada.

Por un lado, aparece la desorganización en la realización de tareas, y por el otro, los pensamientos intrusivos hacen complicado relajarse estando en la cama.

5. El FOMO (Fear of Missing Out)

Por otro lado, el uso generalizado de smartphones y tablets con conexión a Internet hace que algunos trabajadores desarrollen temor a perderse información importante compartida por compañeros o superiores fuera del horario laboral, lo cual les lleva a chequear constantemente los chats de grupo, el correo electrónico, etc.

¿Qué hacer?

La clave para evitar que tu faceta laboral eclipse totalmente el resto de aspectos de tu vida es combinar una serie de aprendizajes en lo relativo a la gestión de las emociones, por un lado, y adoptar nuevos patrones de comportamiento en lo relativo a cómo te relacionas con tu espacio de trabajo y con quienes están en él.

Además, en algunos aspectos conviene adoptar una visión más amplia y estratégica del problema y, dando un paso atrás, cuestionarnos en primer lugar si ese puesto de trabajo nos conviene.

Así pues, cualquier intento de reducir las causas del estrés laboral y la obsesión por el trabajo a variables puramente emocionales o materiales probablemente pecará de simplista y no generará resultados positivos a largo plazo. Hay que intervenir tanto en los procesos psicológicos internos como en las acciones exteriorizables y la gestión de los espacios de trabajo (e incluso en los espacios en los que tiene lugar nuestra vida privada).

Lograrlo no es fácil, porque hay que mantener un equilibrio entre ambos aspectos del problema, pero no es imposible, y con ayuda profesional, es mucho más fácil.

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RECUPERADO DE: https://psicologiaymente.com/clinica/cuando-estres-laboral-eclipsa-resto-vida

La fe y la materia gris. POR: Alejandra Alonso

Un nuevo estudio, realizado en los Países Bajos, buscó probar hipótesis prominentes en la literatura que relacionan la estructura cerebral con la experiencia religiosa a través de un trabajo metodológicamente poderoso (o sea, con un buen tamaño de muestra) y robusto sobre la religiosidad y las diferencias entre estructuras cerebrales. 

Los autores resaltan que investigaciones previas están plagadas de inconsistencias metodológicas: muestras pequeñas, tests no validados y confusión conceptual con relación a las estructuras que están siendo medidas.

El objetivo de la investigación fue establecer la relación que existe entre la religiosidad y las diferencias en las estructuras cerebrales con datos que sean obtenidos a través del rigor estadístico y metodológico. La esperanza de los científicos es establecer un nuevo estándar para futuros estudios.

Tres teorías fueron puestas a prueba

La primera de ellas dice que la corteza orbitofrontal ha sido implicada en la religiosidad por su rol en el monitoreo del error. La teoría es que las personas religiosas sufren una discapacidad en este área cerebral, lo que les lleva a aceptar doctrinas religiosas. Resultados previos han sido variados, algunos han encontrado que la corteza orbitofrontal es reducida y otros que está agrandada.

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La siguiente teoría puesta sobre la mesa dice que habría una atrofia o disfunción en el lóbulo temporal que se asociaría con mayor religiosidad, percepción de comunicación con Dios y experiencias religiosas que cambian la vida. Los científicos probaron si los aspectos experienciales de la religión se relacionaron con un volumen reducido en las regiones temporales, incluido el hipocampo.

Por último, el equipo tomó la teoría de que existen diferencias estructurales en el lóbulo parietal superior e inferior que se relacionarían con la probabilidad de experiencias místicas; esta teoría se basa en que se ha observado que un flujo reducido de sangre en el lóbulo parietal superior se relaciona a “experiencias de unidad absoluta” durante la meditación.

¿Cómo se realizó el estudio?

Se utilizaron los datos de 211 personas, quienes respondieron a una serie de preguntas sobre la religiosidad y las experiencias religiosas. Luego se sometieron a escaneos cerebrales de las zonas de interés. Los escáneres dividieron el cerebro en píxeles de 3 dimensiones que luego permitirían comparaciones entre sujetos para una región particular. 

Esta metodología tuvo el beneficio de proveer una buena prueba de confirmación de hipótesis además de ser una manera simple de cuantificar las diferencias cerebrales.

¿Qué encontraron?

Los científicos no encontraron relación entre las diferencias en la estructura cerebral y los autorreportes de religiosidad o experiencias místicas, tanto al usar análisis de zonas cerebrales de interés como al analizar el cerebro completo.

Continúa el debate sobre cuál es el mejor método para estudiar la religiosidad neurológicamente. El equipo de investigadores recomendó que en el futuro se renuncie a este tipo de análisis y se centren en enfoques funcionales y multivariados. 

Referencia del estudio: van Elk, M. & Snoek, L. (2019), The relationship between individual differences in gray matter volume and religiosity and mystical experiences: A preregistered voxel-based morphometry study. European Journal of Neuroscience, Volume 51, Issue 3. Doi: https://doi.org/10.1111/ejn.14563

Fuente: Psypost

RECUPERADO DE: https://www.psyciencia.com/la-fe-y-la-materia-gris/

Cerebro de las personas violentas, lo que dice la neurociencia. POR: VALERIA SABATER

Las estadísticas nos dicen que en los últimos años el número de actos delictivos está aumentando. ¿Qué hay en el cerebro de las personas violentas? ¿Esta inclinación es genética? ¿Hay alguna causa biológica detrás o es todo el resultado de una sociedad menos humana? Las respuestas a estas preguntas no están demasiado claras.

Hay quien señala, eso sí, que la propia cultura es el agente que facilita muchas de estas conductas, enseñándolas y reforzándolas. Podemos hablar de psicopatía, delincuencia o incluso de parafilias con tendencias violentas. Sin embargo, a menudo, el propio contexto social y cultural es ese escenario capaz de impulsar la aparición de muchas de estas conductas tan adversas.

Vicente Garrido, profesor de criminología de la Universidad de Valencia, señala que nuestro mundo se ha vuelto menos igualitario y más competitivo. Esto puede despertar una parte de esas conductas violentas. No obstante, nos interesa también conocer qué hay en lo más profundo del universo neurológico de estas personas, qué hay de singular y particular para poder explicar este tipo de realidades tan descarnadas.

Lo analizamos.

“La violencia, sea cual sea la forma en que se manifieste, es un fracaso para la sociedad”.

-Jean Paul Sartre-

Hombre simbolizando el impacto del cerebro de las personas violentas

Así es el cerebro de las personas violentas

A principios del año 2000, se logró atrapar a Cary Stayner, un hombre de unos 40 años que a lo largo de un año asesinó de manera violenta a 4 mujeres en el parque nacional de Yosemite. Se encargaba de las tareas de mantenimiento del parque y era esa figura de confianza a la que muchos recurrían con frecuencia.

Durante el juicio, declaró que desde los 7 años estaba obsesionado con hacer daño a las mujeres. Su defensa alegó enfermedad mental, pidiendo una resonancia magnética para identificar anomalías neurológicas. Sin embargo, el juez no quiso tener en cuenta este factor y fue sentenciado a la inyección letal.

En cierto modo, algo que señalan los neurólogos es que la existencia de alguna alteración cerebral no explica en el 100 % de los casos la conducta violenta. Ejemplo de ello es el doctor James Fallon. Este neurólogo lleva toda su vida realizando tomografías a los psicópatas para demostrar que sí existen anomalías muy concretas. En una ocasión, decidió realizarse él mismo esa prueba clínica y descubrió algunas anomalías.

Es más, James Fallon averiguó que en su familia paterna había al menos siete personas que habían cometido asesinatos. Sin embargo, factores, como haber tenido una familia cálida y afectuosa, habían evitado probablemente el desarrollo de ese “oscuro” determinismo biológico. No obstante, hay una evidencia de que el cerebro de las personas violentas presenta ciertas particularidades. Las analizamos.

El gen de la monoamino oxidasa y la menor producción de serotonina

Avshalom Caspi y sus colegas realizaron un estudio en el 2002. Evidenciaron que aquellos niños que habían sido maltratados en su infancia evidenciaban una alteración en el gen que codifica la enzima monoamino oxidasa (MAOA). Esta anomalía tiene una clara consecuencia: se produce mayor testosterona y menos serotonina.

Todo ello deriva en comportamientos antisociales y violentos. Lo llamativo (y hasta esperanzador) es que ese comportamiento violento se puede reducir con la administración de Prozac ® (fluoxetina) un antidepresivo que regula y mejora la producción de serotonina.

El cerebro de las personas violentas presenta menos materia gris

Otro aspecto significativo que ha podido verse en las personas que han cometido actos violentos es una anomalía en la materia gris. Evidencian un menor grosor en la corteza prefrontal rostral anterior y también en los polos temporales. Esto se traduce en dos hechos muy concretos: menor empatía y menor sentimiento de culpa.

La falta de cargos de conciencia a la hora de infligir dolor, el no identificarse con la víctima ni experimentar culpa alguna cuando se comente un acto violento son características muy recurrentes entre las personas con psicopatía.

La amígdala y el comportamiento agresivo

La amígdala es esa pequeña región cerebral íntimamente relacionada con el procesamiento de las emociones. Es una estructura compleja, pero esencial para la propia supervivencia.

Ahora bien, trabajos de investigación como los realizados en la Universidad de Friburgo (Alemania), nos revelan algo interesante relacionado con el cerebro de las personas violentas.

Ha podido verse que las personas con una amígdala mucho más pequeña evidencian un comportamiento más agresivo. Es más, en muchos casos se aprecia también una hiperestimulación en esta diminuta zona neurológica.

Chico con capucha representando el Cerebro de las personas violentas

La frustración y la falta de control de los impulsos

Tenemos claro que el cerebro de las personas violentas funciona de manera diferente y que, en buena parte de los casos, factores como la crianza, la educación y el entorno social orquestan casi siempre esas bases agresivas. Ahora bien, existe un factor emocional a tener presente y es la falta de resistencia a la frustración sumada a la ausencia de control de los impulsos.

La persona violenta experimenta una elevada carga emocional cuando no obtiene lo que desea. Esto que es tan habitual en los niños y tan necesario regular a edades tempranas, es en la edad adulta un absoluto peligro.

La frustración mal manejada y la incapacidad para controlar sus reacciones desemboca muchas veces en reacciones agresivas con serias consecuencias. En especial, si se acompaña de consumo de alcohol u otras sustancias.

Para concluir, si bien es cierto que la conducta humana forma parte del ser humano, hay factores biológicos que a menudo, orquestan este comportamiento. Conocerlos es siempre una herramienta de gran interés y utilidad.

RECUPERADO DE: https://lamenteesmaravillosa.com/cerebro-personas-violentas/