Por qué no es fiable la palabra ‘coaching’ – Neuropsicología Bogotá

por Esteban Ordóñez Chillarón

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«Una coach literaria». Eso dijo (o le hicieron decir a) Aitana Ocaña, una concursante de OT, cuando sacó un libro de sentires en la órbita de esa poesía de obviedades en salsa de marca blanca que tanto se estila en los últimos años. Confesó que no sabía expresarse muy bien, que tenía faltas de ortografía, y que se apoyó en una coachliteraria. No era una locura pensar, como razonó Lorena G. Maldonado, que donde decía coach podría haber dicho ‘negra’ literaria o escritora ‘fantasma’. 

Fue un uso locuaz de la palabra coach, se vio cristalino lo que suele esconder el término: la confusión, la trampa, la venta de algo que es solo una maqueta de lo que insinúa ser. Hasta aquí la nota rosa y la percha de actualidad de hace tres meses. 

Cómo trampea el coaching con la psicología

La palabra coach no es fiable, y eso que puede tener usos dignos, como aclara el psicólogo clínico Miguel Ángel Rizaldos: «El coaching es una herramienta que se puede usar en psicología, pero la psicología es más que el coaching. El problema es cuando lo hacen quienes no son psicólogos y se meten en terrenos delicados como el emocional». 

Rizaldos cuenta que han atracado en su consulta pacientes rebotados de las terapiasde bombeo motivacional y de los cantos de transformación vital que piensan que toda emoción negativa posee un reverso sonrisas y determinación. «Si intentas ser positivo sin límites, al final, te bloqueas a nivel emocional, tanto de las emociones negativas como de las positivas. A consulta nos viene gente que no siente nada y que ha sido tratada mal, superficialmente». 

Es el resultado de manosear las emociones (es decir: la salud) con un discurso y no con una ciencia. «Muchos no tienen bagaje profesional: el coaching no es una carrera reglada. Son cursillos de “escuela internacional de coaching” o como le quieran poner. También hay cursos en las universidades, pero dentro de Psicología, como una estrategia más de las posibles», matiza Rizaldos.

La «motivación» es la piedra de toque de los predicadores del crecimiento personal, pero también ese término se enarbola de manera engañosa. «La motivación es tener motivos, no tener ganas. Los motivos son las razones que me llevan a algo, pero ganas no siempre tengo». 

Arengar a un cliente (o a cientos por Youtube) con un caleidoscopio de posibilidades fantasmales, lejanas e imprecisas; con promesas de cambio de configuración mental; usar un tono de voz esperanzado, una gesticulación enérgica, un cabrioleo de ojos; todo este arsenal no motiva, te pone eufórico y ya. Y luego, cuando te arrastra la resaca del subidón, aparece el desánimo (la tristeza, la frustración) y uno lo siente como un defecto, una enfermedad inconfesable, una gonorrea del ánimo.

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La psicología positiva, señala Rizaldos, estudia el comportamiento de las personas y analiza qué hacen para sentirse bien: «Pero no se trata solo de tener pensamientos positivos». 

La mente humana no tiende a lo positivo, el pensamiento negativo no es un defecto de la crianza ni un límite de la sociedad. «El cerebro es una máquina, fundamentalmente, de supervivencia, no de bienestar. Anticipa muy bien y con mucha facilidad las cosas negativas, también las recuerda. Hay una relación de cinco a uno entre lo positivo y lo negativo», matiza el psicólogo.

«La idea no es tanto que no tengas pensamientos negativos sino que sepas gestionarlos, y habrá veces en que no podrás, te desbordarán. Eso es lo que la psicología sí trabaja», apunta.

La psicología, como comenta Rizaldos, es una ciencia, pero no una ciencia exacta. Esto no significa que pueda ejercerse con facilidad, quizá es todo lo contrario: para practicarla bien hacen falta mucha sensibilidad, pocos prejuicios y muchas herramientas, es decir, mucha formación y profesionalidad. Pero mucha gente la ve como una disciplina liviana e intuitiva. 

Nadie habla de arquitectura o ingeniería «barata» o «de calle» para referirse a la práctica de sujetos que finjan poseer conocimientos del oficio sin tener formación. No se dice, sencillamente, porque a nadie se le ocurre que merezcan ese título por mucho que se añada un adjetivo que lo devalúe. Hacerlo entrañaría un riesgo de muerte: se derrumbarían los edificios y los puentes. La diferencia es que en psicología el colapso sucede hacia dentro y es imperceptible. Es como si un puente, en vez de venirse abajo, se convirtiera en holograma, y uno solo se percatara del derrumbamiento al intentar cruzarlo.

Este consenso tácito (involuntario o no) que infravalora el carácter científico de la psicología facilita las tergiversaciones y las simplificaciones. Un ejemplo: la «mentalidad de crecimiento» de la catedrática en Psicología Social de la Universidad de Stanford Carol Dweck.

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La experta diferencia entre mentalidad fija (la de quienes creen que atributos como la inteligencia o la moralidad son fijos y no se pueden modificar) y la mentalidad de crecimiento (creen que son modificables y se pueden desarrollar y mejorar). Disponer de una u otra influye en la forma de actuar de las personas y condiciona el logro de metas. 

Este es el resumen, en un párrafo. En ciencia se simplifica para comunicar, no para trabajar, sin embargo, la gente empezó a hablar de estas ideas de cualquier forma y Dweck tuvo que pronunciarse.

Pienso que mucho de lo que pasa con la falsa mentalidad de crecimiento entre los educadores es que en lugar de enfrentar este largo y difícil viaje, aquel en el que trabajas en entender tus desencadenantes, trabajar con éstos y con el tiempo ser capaz de quedarte en la mentalidad de crecimiento cada vez más, mucho educadores dicen: ‘Ah sí, tengo mentalidad de crecimiento’, porque o bien saben que es la mentalidad correcta o entienden ésta de una forma que la hace parecer fácil

Este sustituir los procesos complejos, lentos y profundos por palabras y conjuros («tengo mentalidad de crecimiento», «puedo tener éxito», «tú eres tu propio límite») ejemplifica bien el método de trabajo y promoción de muchos coaches sin formación. 

A un periodista especializado en divulgar ciencia no se le ocurriría dedicarse a construir un transbordador espacial. Una cosa es comunicar; otra, aplicar. Los coaches sin formación sí lo hacen: leen estudios que convienen a sus argumentos y ofrecen su interpretación para solucionar la vida de la gente.  

«Vender humo es fácil. Tenemos un cerebro muy reacio al esfuerzo. Si me das una cosa que parece fácil y me prometes bienestar y felicidad, lo compro. Si te vendo algo para que lleves una vida mejor y te advierto que lo pasarás mal a veces, o te digo que “si quieres, a lo mejor puedes” y que a veces no basta con poner toda la carne en el asador porque la vida es así, no es justa, pues entonces no mola tanto», compara Rizaldos.

Pone un ejemplo: «Una academia de inglés se vende mejor si te dice que vas a descubrir el inglés que si te dice que lo aprenderás. Aprender supone un esfuerzo».  

El coaching sabe muy bien cómo jugar a eso: toma préstamos léxicos de la ciencia, hace malabares con los prefijos, utiliza pseudociencias como el PNL o juega a Míster Potato con la física cuántica. Los coaches han movido bien la marioneta del marketing para acicalarse como un maestros de un método que supera a la psicología en el tratamiento de los aspectos prácticos de la vida y de aquellos pacientes que no sufren patologías. Como si dijeran: «La psicología es la teoría, nosotros la práctica». 

Esta creencia se extendió y es difícil de desmontar. Pero la psicología ya cubría esas necesidades: «Somos profesionales del comportamiento, los pacientes no solo vienen cuando se encuentran mal, también cuando quieren conseguir cosas que no están consiguiendo», explica Rizaldos, que admite que la psicología no ha sabido posicionarse a ojos de la sociedad: «Según la OMS, la salud no es solo tener una enfermedad, sino prevenirla, sentirte bien. El problema lo tenemos los psicólogos: no hemos sabido vendernos bien».

Tomado de: https://www.yorokobu.es/coaching/ Neuropsicologia Bogota

El síndrome del impostor, cuando no nos creemos nuestros logros – Neuropsicología Bogotá

POR  SANTIAGO SALVATORI

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Seguramente alguna vez has tenido la sensación de que lo que has conseguido en tu vida fue más un golpe de suerte que fruto de tu esfuerzo. Cuando esa sensación se convierte también en un temor a que esa situación quede al descubierto entonces estamos hablando del Síndrome del Impostor ¿De qué se trata y cómo nos afecta?

Jóvenes adultos

Entre los 18 y los 30 años suceden una serie de acontecimientos muy importantes en nuestra vida. Es un momento en el que experimentamos cambios tanto internos como externos.

Para empezar a la edad de 20 años, nuestro cerebro finaliza su etapa de crecimiento y alcanza su madurez. Se terminan de desarrollar las áreas del lóbulo frontal, que se encargan de actividades tan importante como la toma de decisiones o la organización.

Por otro lado, en este particular período de nuestra vida comenzamos a ajustarnos a nuestros nuevos roles sociales. Ya no tenemos a una figura de autoridad que nos guía para hacer frente a estos desafíos. Al contrario, se espera que comencemos a tomar nuestras propias decisiones.

Esta serie de cambios, completamente diferentes a los que habíamos afrontado en la adolescencia pueden suponer una gran fuente de estrés y afectar a nuestro salud mental. Un ejemplo muy concreto es justamente el conocido como “Síndrome del Impostor”.

Síndrome del Impostor (o Ilusión del Impostor)

El síndrome del impostor es un intenso sentimiento de falsedad que experimentan muchas personas exitosas. Lo interesante es que este sentimiento se produce a pesar de que haya muchas pruebas de que la persona es completamente apta y capaz.

Fue descrito por primera vez  en 1978 por las psicólogas clínicas Pauline Clance y Suzanne Imes, y si bien se lo conoce como “síndrome” en realidad no es una enfermedad mental, sino una reacción ante ciertas situaciones.  Lo más adecuado sería hablar de “La Ilusión del Impostor” o “El fenómeno del Impostor”.

Creer que somos un fraude

Las personas que sufren este fenómeno sienten que sus habilidades y capacidades están siendo sobredimensionadas, que son un fraude y temen el momento en que los demás se darán cuenta de ello. No aceptan sus logros como resultado de su propio esfuerzo y habilidades, lo que las lleva  dudar de sí mismas.

Ciertas personas son más propensas a experimentar la ilusión del impostor. Por lo general, suele observarse en en personas que realizan profesiones diferentes a las de su familia, por ejemplo la primer generación en acceder a estudios secundarios o universitarios, o que se alejan de las expectativas de sus padres o de la sociedad.

¿Por qué nos pasa lo que nos pasa?

Uno de las principales causas del fenómeno del impostor es que la persona piensa que todos sus logros se deben a razones externas, que nada tienen que ver con su propia capacidad.

Si lo pensamos, estamos continuamente intentando explicar el origen de lo que hacemos y de lo que hacen los demás, tratando de entender las causas que generan los comportamientos y actitudes.

En 1958 el psicólogo austríaco Fritz Heider, expuso su teoría de la atribución en la que  intenta explicar cómo las personas entendemos las causas de los comportamientos.

Según esta teoría, podemos realizar dos tipos de atribuciones, internas o externas.

Las causas internas se refieren a características de la persona, como su motivación, su inteligencia o su personalidad. Las externas se refieren a eventos externos a la persona, como la suerte, el tiempo, o las acciones de otras personas.

Si sufrimos el síndrome del impostor la mayoría de las atribuciones con las que intentamos explicar las causas de lo que nos sucede serán externas. Veremos nuestros éxitos como fruto de la suerte o de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado y pesaremos que los demás nos ven como personas más capaces de lo que realmente somos.

Un riesgo si estamos estudiando

Si somos estudiantes, la suma de sentirnos impostores más el estrés psicológico derivado de esta situación pueden comprometer gravemente nuestro desempeño.

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El psicólogo Bernard Weiner propuso un modelo motivacional según el cual si tenemos atribuciones estables confiaremos en que podemos repetir los resultados, pero si nuestras atribuciones son más inestables tendremos serias dudas al respecto.

Así, si pensamos que hemos aprobado sólo por cuestión de suerte no tendremos la misma confianza en poder volver a aprobar si pensamos que lo hemos logrado gracias a nuestro estudio y dedicación. La suerte es muy inestable, el estudio no.

Nos pasa a todos (pero a ellas mucho más)

Para la mayoría de las personas, las sensaciones que produce este fenómeno son temporales. Suele verse con más frecuencia cuando nos embarcamos en un nuevo proyecto, como retomar los estudios o comenzar un nuevo trabajo. Sin embargo, otras personas tiene continuamente la sensación de ser una farsa.

Si bien tanto hombres como mujeres pueden sufrir del fenómeno del impostor, las mujeres tienen muchas más probabilidades de padecerlo, especialmente si se dedica a actividades “no tradicionales”.

En el trabajo original, Rose e Imes explican que algunas dinámicas familiares así como ciertos roles sociales relacionados con el género parecen contribuir al desarrollo de este fenómeno.

A pesar de los sobresalientes logros profesionales o académicos alcanzados por estas mujeres, creen que no son brillantes y que están engañando a cualquiera que piense lo contrario. Los numerosos logros, que uno podría esperar proporcionar una amplia evidencia objetiva de su excelencia, no parecen afectar la creencia del supuesto impostor.

Impostor y perfeccionismo

Un estudio sobre la relación entre las dimensiones del perfeccionismo con el síndrome del impostor en estudiantes universitarios realizado por J. Khazaei y A. Eslami en 2011 reveló que existe una clara relación entre estos dos fenómenos. La ilusión del  impostor y el perfeccionismo a menudo van de la mano.

Los llamados impostores piensan que cada tarea que abordan debe hacerse a la perfección, y rara vez piden ayuda. Ese perfeccionismo puede llevar a dos posibles respuestas. Que la persona posponga sus tareas por temor a no poder completarla con los altos estándares necesarios. O que se prepare demasiado, dedicando mucho más tiempo a una tarea de lo que es necesario.

Como pueden ver es un fenómeno muy complejo, pero sumamente interesante. También es interesante su relación con la autoestima. Si sientes que estás teniendo problemas de autoestima te recomiendo mi taller práctico de mejora de la autoestima online.


Fuentes:

  • Pauline Rose Clance & Suzanne Imes. The Imposter Phenomenon in High Achieving Women:Dynamics and Therapeutic Intervention.Georgia State Universitylink
  • Keerthi Sathian, Athira Aneesh E. Impostor phenomenon and perfectionism among young adultsUniversity of Calicut, Kerala, Indialink
  • Eva María Rodriguez. Cómo explicamos el comportamiento: la teoría de la atribuciónLa mente es MaravillosaLink

Tomado por: https://www.psicologiaparatodos.net/actitudes/el-sindrome-del-impostor-cuando-no-nos-creemos-nuestros-logros/?fbclid=IwAR1wgNMv-ZKL-B7U6Nu89o096O3eUkCink6T8QA6PGbRgH6ZuNSBlU5lXk4 Neuropsicologia Bogota

Cómo fomentar la autoestima en tus hijos

Neuropsicología Bogotá

3 octubre, 2018Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas

Enseñar a los niños a valorarse, respetarse y tratarse con cariño es clave para su desarrollo. Descubre qué puedes hacer para que los niños crezcan confiando en sí mismos y en su potencial.

Ayudar a los niños a que construyan una fuerte autoestima es una de las tareas más importantes que tienen los padres. Enseñarles cómo valorarse, respetarse y tratarse con cariño es clave desde los primeros años de su vida. Ahora bien, ¿cómo hacerlo?

Los padres son las personas más importantes para sus hijos. Son quienes ejercen la mayor influencia en la compleja pero bonita tarea de conocerse a sí mismos, el sostén desde el que descubrir el mundo y al que recurrir cuando se sienten perdidos. Quienes les proporcionan el espejo para comenzar a reconocerse. Por ello, es tan importante que comiencen a cultivar en ellos la aceptación

Los padres suelen ser la fuente de confort y seguridad para los niños.

La necesidad de sentirse seguros

A menudo, los niños buscan la aprobación de sus padres para sentirse queridos y aceptados. Necesitan saber que están de acuerdo con ellos, que les dan permiso para sentirse seguros de sí mismos. La cuestión es enseñarles a regular esa necesidad para que poco a poco vayan siendo más autónomos e independientes. El problema es cuando esta se vuelve demasiado intensa y perdura con el paso de los años, ya que se puede crear una especie de dependencia hacia la aprobación de los demás para actuar.

Así, cuando los padres aceptan a sus hijos tal y como son, los valoran y aprecian, les proporcionan un escudo psicológico que les protegerá de por vida. Pero lamentablemente, no siempre es así. No todos los padres son capaces de cubrir las necesidades emocionales de su hijos. No obstante, siempre puede aprenderse el maravilloso arte de la aceptación, aun en la adultez.

Aprendiendo a ser buenos padres.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que los niños aprenden de sus padres, de los comportamientos que manifiestan, las palabras que dicen y los gestos que representan. Así, si todo este conjunto de respuestas tienen como hilo conducto al amor, el cariño y la seguridad, los niños interiorizarán que son valorados, queridos y respetados, es decir, que son tenidos en cuenta. Estas serán sus primeras lecciones de valía y buena autoestima.

Un aspecto a tener claro es quela aceptación no conlleva resignación, es decir, a veces es necesario establecer límites en la educación de los más pequeños. Eso sí, lo importante es que no dejemos de transmitir el mensaje de que son aceptados tal y como son, reconociendo tanto sus valores como dificultades.

Ahora bien, si los niños son tratados desde el desprecio, la agresividad o la indiferencia alimentarán en su interior la desesperanza, el rechazo o el sentimiento de abandono. De esta forma, aprenderán que no son queridos, sino invisibles y su autoestima se verá perjudicada. Por tanto,es importante:

  • Reconocer su potencial en lugar de señalarles constantemente sus errores. Esto no quiere decir que no lo hagamos, pero siempre desde una perspectiva de oportunidad para crecer.
  • Evitar crear expectativas sobre su futuro, forma de ser y comportamientos.
  • Escucharles e interesarse por aquello que quieran compartir con nosotros, al igual que preguntarles y hacerles partícipes.
  • Reconocer y validar sus emociones. Si calificamos como “malos” sus sentimientos o hacemos que los repriman o nieguen, el resultado puede ser una baja autoestima, una conducta insincera y una pérdida de conexión con sus sentimientos. Por lo tanto, hay que valorar todo el abanico de emociones que experimenten, en lugar de valorar solo las positivas.

No obstante, también es importante evitar decirles cómo deben sentirse, así como compararles con sus compañeros, utilizar el sarcasmo, las amenazas y los castigos en repercusión a sus sentimientos, ya que lo único que estaríamos fomentando sería la negación u ocultación de cómo se sienten.

Cómo ayudar a los niños a que expresen su malestar

Fomentar una autoestima sana en los niños significa también enseñarles a expresar su malestar, sus emociones negativas, de manera adecuada, así como las diversas formas en las que pueden afrontarlas.

La autoestima implica conocerse y valorarse y esto no podemos hacerlo si olvidamos cuándo nos encontramos mal o estamos enfadados. Todo cuenta en el universo emocional. Por esta razón, a continuación indicamosuna serie de claves que favorecerán la expresión de las emociones en los más pequeños:

  • Proporcionar un clima seguro y de aceptaciónque invite a los niños a expresar cómo se sienten.
  • Ayudarles en la expresión de su malestar. Por ejemplo, a través de actividades como escribir, dibujar, contar un cuento, interpretar, etc.
  • Contarles una situación similar en la que nos sintamos igual que ellos, para así fomentar la idea de que lo comprendemos.
  • Ser un buen modelo en el afrontamiento de sentimientos intensos.
  • Ayudarles a sentirse bien en situaciones de decepción o derrota.
Madre hablando con su hijo

La importancia del lenguaje positivo

No debemos olvidar uno de los elementos más potentes que tienen los padres para fortalecer la autoestima de sus hijos: el lenguaje. La forma que tenemos de dirigirnos a ellos determina parte del vínculo que construimos. 

En cada una de las interacciones que tenemos con los niños, de algún modo estamos reflejando nuestra identidad. Por ello, resulta tan importante prestar atención a las palabras y el tono de voz que utilizamos cuando nos dirigimos a ellos. Lo fundamental es queutilicemos un lenguaje positivo y sincero que fomente su autoestima.  

Este tipo de lenguaje se compone de una descripción del comportamiento del niño pero libre de juicios,distinguiendo así su valía de su conducta. Además, hay que acompañarlo de cuál es nuestra reacción a lo que el niño ha realizado, es decir, cómo nos sentimos y qué pensamos sobre lo ocurrido. Y por último, señalar de algún modo que reconocemos y validamos cómo se siente.

Como vemos, ser padre implica ser instructor y formador de habilidades para vivir en el mundo. De esta forma, el uso de la disciplina resulta necesario. Ahora bien, esta no puede ser una agresión a la autoestima, sino un medio para crear un entorno seguro que facilite el aprendizaje y la autonomía.

Es más fácil criar niños fuertes que reparar adultos rotos

Es más fácil criar niños fuertes que reparar adultos rotosSolo criando niños fuertes, evitaremos tener que reparar adultos rotos por la soledad, la desconfianza y el desamor hacia sí mismos y hacia la sociedad. Gema Sánchez Cuevas

Tomado de: https://lamenteesmaravillosa.com/como-fomentar-la-autoestima-en-tus-hijos/?fbclid=IwAR1CvtfJaTIIhQORcWzP-D3tPD6HJG9rt8lNSawZB1P909DnTOHxmKNiSK8