Enfermedades neurodegenerativas: cuando el cerebro pierde lentamente parte de su capacidad

El cerebro humano contiene cerca de 86.000 millones de neuronas que trabajan de manera coordinada para permitirnos pensar, recordar, movernos, comunicarnos y reconocer a las personas que amamos. Aunque algunas neuronas pueden dañarse como parte del envejecimiento normal, existen enfermedades en las que este proceso ocurre de forma acelerada y progresiva. Estas condiciones reciben el nombre de enfermedades neurodegenerativas y representan uno de los mayores desafíos para la medicina moderna debido a su creciente impacto en una población cada vez más longeva.

Las enfermedades neurodegenerativas son trastornos en los que determinadas neuronas dejan de funcionar correctamente y mueren de manera progresiva. A diferencia de una lesión repentina, como un accidente cerebrovascular, estos cambios suelen desarrollarse durante años. Dependiendo de qué regiones del cerebro resulten afectadas, los síntomas pueden ser muy diferentes. Algunas enfermedades alteran principalmente la memoria, mientras que otras afectan el movimiento, el lenguaje o la conducta.

La enfermedad de Alzheimer es el ejemplo más conocido. En ella predominan las dificultades para formar nuevos recuerdos y, con el tiempo, aparecen problemas de orientación, lenguaje y razonamiento. En cambio, la enfermedad de Parkinson suele comenzar con síntomas motores como temblor, rigidez y lentitud de movimientos, aunque también puede producir cambios cognitivos y emocionales desde fases tempranas. Otras enfermedades, como la demencia frontotemporal o la esclerosis lateral amiotrófica, afectan funciones distintas según las áreas cerebrales comprometidas.

Durante las últimas décadas, la investigación ha demostrado que estas enfermedades comparten algunos mecanismos biológicos. Uno de ellos es la acumulación anormal de proteínas dentro o alrededor de las neuronas. En condiciones normales, estas proteínas cumplen funciones importantes, pero cuando se pliegan de forma incorrecta pueden formar agregados que alteran el funcionamiento celular. Además, también participan procesos como la inflamación crónica del sistema nervioso, el estrés oxidativo —un daño producido por moléculas muy reactivas— y alteraciones en el metabolismo energético de las neuronas.

Aunque la edad es el principal factor de riesgo para muchas enfermedades neurodegenerativas, no todas las personas mayores las desarrollan. La genética influye en algunos casos, pero también intervienen factores ambientales y de estilo de vida. Diversas investigaciones recientes indican que mantener una buena salud cardiovascular, realizar actividad física regularmente, dormir lo suficiente, controlar la hipertensión y la diabetes, evitar el tabaquismo y mantenerse intelectual y socialmente activo puede contribuir a reducir el riesgo o retrasar la aparición de algunas de estas enfermedades. Sin embargo, los científicos aclaran que ninguna de estas medidas garantiza una prevención absoluta.

En la actualidad, la mayoría de las enfermedades neurodegenerativas no tiene una cura definitiva. No obstante, los avances en diagnóstico temprano, biomarcadores, terapias dirigidas y rehabilitación cognitiva están permitiendo intervenir antes y mejorar la calidad de vida de muchas personas. También se están desarrollando tratamientos que buscan modificar la evolución de algunas enfermedades, aunque su eficacia todavía continúa siendo objeto de investigación y no todos los pacientes pueden beneficiarse de ellos.

Comprender las enfermedades neurodegenerativas significa reconocer que el cerebro cambia a lo largo de la vida, pero también que la ciencia avanza con rapidez para entender esos cambios. Cada nuevo descubrimiento acerca de cómo funcionan nuestras neuronas acerca un poco más la posibilidad de prevenir, diagnosticar y tratar estas enfermedades de manera más eficaz. Conocer el cerebro no solo nos ayuda a comprender la enfermedad, sino también a valorar la extraordinaria complejidad del órgano que hace posible todo lo que somos.

Fuentes científicas utilizadas

  1. Hou, Y., Dan, X., Babbar, M., et al. (2022). Ageing as a risk factor for neurodegenerative disease. Nature Reviews Neurology, 18, 5–21.
  2. Scheltens, P., De Strooper, B., Kivipelto, M., et al. (2021). Alzheimer’s disease. The Lancet, 397(10284), 1577–1590.
  3. Bloem, B. R., Okun, M. S., & Klein, C. (2021). Parkinson’s disease. The Lancet, 397(10291), 2284–2303.
  4. Dugger, B. N., & Dickson, D. W. (2024). Pathology of Neurodegenerative Diseases. Acta Neuropathologica.
  5. Aarsland, D., Batzu, L., Halliday, G. M., et al. (2021). Parkinson disease-associated cognitive impairment.Nature Reviews Disease Primers, 7, 47.
  6. Livingston, G., Huntley, J., Sommerlad, A., et al. (2024). Dementia prevention, intervention, and care: 2024 report of the Lancet Standing Commission. The Lancet.
  7. World Health Organization. (2022). Intersectoral Global Action Plan on Epilepsy and Other Neurological Disorders 2022–2031, que incluye estrategias globales para la prevención, diagnóstico y atención de enfermedades neurológicas y neurodegenerativas.

Neuropsicología del Parkinson: mucho más que un trastorno del movimiento

Cuando se menciona la enfermedad de Parkinson, la mayoría de las personas piensa en el temblor de las manos o en la dificultad para caminar. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que esta enfermedad afecta mucho más que el movimiento. Desde las etapas iniciales pueden aparecer cambios en la memoria, la atención, el lenguaje, la capacidad para planificar e incluso en las emociones. Comprender estas alteraciones es el objetivo de la neuropsicología, una disciplina que estudia cómo las enfermedades del cerebro influyen en el pensamiento, la conducta y la vida cotidiana.

La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurodegenerativo, es decir, una enfermedad en la que determinadas neuronas se deterioran de forma progresiva. Las más afectadas producen dopamina, una sustancia química que facilita la comunicación entre distintas regiones del cerebro. Aunque la dopamina es esencial para controlar los movimientos, también participa en funciones como la motivación, el aprendizaje y la toma de decisiones. Por eso, cuando disminuye, los efectos no se limitan al ámbito motor.

Uno de los cambios cognitivos más frecuentes es la alteración de las funciones ejecutivas, un conjunto de habilidades que nos permite organizar actividades, planificar acciones, resolver problemas y adaptarnos a situaciones nuevas. Una persona con Parkinson puede saber perfectamente qué necesita hacer, pero tener dificultades para organizar los pasos necesarios para lograrlo. Es como contar con todas las herramientas para construir un mueble, pero perder el plano que indica el orden en que deben utilizarse.

También son comunes las dificultades de atención y la lentitud para procesar la información. Esto no significa necesariamente que la inteligencia haya disminuido, sino que el cerebro necesita más tiempo para analizar y responder a los estímulos. Algunas personas experimentan problemas de memoria, especialmente para recuperar información de manera espontánea, aunque muchas veces logran recordarla cuando reciben una pista o una ayuda adecuada.

En etapas más avanzadas de la enfermedad pueden aparecer alteraciones cognitivas más amplias y, en algunos casos, desarrollar una demencia asociada al Parkinson. Sin embargo, esto no ocurre en todos los pacientes. La evolución es muy variable y depende de factores como la edad, la duración de la enfermedad, la presencia de otros problemas de salud y las características individuales de cada persona.

La evaluación neuropsicológica permite detectar estos cambios incluso antes de que interfieran de manera importante en la vida diaria. Mediante pruebas específicas se analizan la memoria, la atención, el lenguaje, la percepción espacial y las funciones ejecutivas. Esta información ayuda a los neurólogos a planificar el tratamiento, valorar la evolución de la enfermedad y diseñar estrategias de rehabilitación adaptadas a cada paciente.

Las investigaciones publicadas en los últimos años indican que un abordaje integral puede contribuir a mantener la autonomía durante más tiempo. La rehabilitación cognitiva, el ejercicio físico regular, el entrenamiento en actividades de la vida diaria y el control adecuado de los síntomas motores forman parte de las intervenciones con mayor respaldo científico. Además, la actividad física y el aprendizaje continuo parecen favorecer la reserva cognitiva, es decir, la capacidad del cerebro para compensar parte del daño causado por la enfermedad.

La neuropsicología nos recuerda que el Parkinson no solo afecta cómo nos movemos, sino también cómo pensamos, recordamos y nos relacionamos con el entorno. Detectar estos cambios de forma temprana permite intervenir antes y ofrecer una atención más completa. La ciencia continúa demostrando que comprender el cerebro en toda su complejidad es tan importante como tratar los síntomas visibles de la enfermedad.

Fuentes científicas utilizadas

  1. Aarsland, D., Creese, B., Politis, M., et al. (2021). Cognitive decline in Parkinson disease. Nature Reviews Neurology.
  2. Armstrong, M. J., & Okun, M. S. (2020). Diagnosis and Treatment of Parkinson Disease: A Review. JAMA, 323(6), 548–560.
  3. Litvan, I., Goldman, J. G., Tröster, A. I., et al. (2022). Diagnostic Criteria and Clinical Assessment of Mild Cognitive Impairment in Parkinson’s Disease: Update and Current Evidence. Movement Disorders.
  4. Aarsland, D., Batzu, L., Halliday, G. M., et al. (2021). Parkinson disease-associated cognitive impairment.Nature Reviews Disease Primers, 7, 47.
  5. Vlagsma, T. T., Duits, A. A., Dijkstra, H. T., et al. (2020). Effectiveness of Cognitive Rehabilitation in Parkinson’s Disease: A Systematic Review and Meta-analysis. Parkinsonism & Related Disorders.
  6. Schapira, A. H. V., Chaudhuri, K. R., & Jenner, P. (2024). Non-motor features of Parkinson disease: mechanisms and management. The Lancet Neurology.
  7. Bloem, B. R., Okun, M. S., & Klein, C. (2021). Parkinson’s disease. The Lancet, 397(10291), 2284–2303.

Neuropsicología y epilepsia: comprender cómo las crisis pueden afectar el pensamiento y la memoria

Cuando se habla de epilepsia, la mayoría de las personas piensa en las crisis convulsivas. Sin embargo, esta enfermedad neurológica puede tener efectos que van mucho más allá de los episodios visibles. En muchas personas, la epilepsia también influye en la memoria, la atención, el lenguaje y otras capacidades mentales. La disciplina encargada de estudiar estos cambios es la neuropsicología, un área que ayuda a comprender cómo funciona el cerebro y a mejorar la calidad de vida de quienes viven con esta condición.

La epilepsia es un trastorno neurológico caracterizado por una predisposición a presentar crisis repetidas debido a una actividad eléctrica anormal en el cerebro. Dependiendo de la región donde se originen estas descargas eléctricas, las manifestaciones pueden variar considerablemente. Algunas personas experimentan convulsiones generalizadas, mientras que otras presentan episodios breves de desconexión, movimientos involuntarios o alteraciones de la percepción sin perder completamente la conciencia.

No todas las personas con epilepsia presentan dificultades cognitivas, pero sí existe un mayor riesgo de desarrollar alteraciones en determinadas funciones cerebrales. Estas dificultades pueden deberse a varios factores: la localización de las crisis, la frecuencia con la que ocurren, la edad en que comenzó la enfermedad, la causa que la originó e, incluso, algunos efectos secundarios de los medicamentos antiepilépticos. Por ello, cada caso es diferente y requiere una evaluación individual.

La memoria es una de las funciones que con mayor frecuencia puede verse afectada, especialmente cuando las crisis se originan en el lóbulo temporal, una región del cerebro fundamental para almacenar nuevos recuerdos. Algunas personas tienen dificultades para recordar conversaciones recientes, aprender información nueva o recuperar nombres y fechas. También pueden aparecer problemas de atención, que dificultan mantener la concentración durante períodos prolongados o realizar varias tareas al mismo tiempo.

La neuropsicología utiliza pruebas estandarizadas para identificar con precisión qué funciones cognitivas están preservadas y cuáles presentan dificultades. Esta evaluación no solo ayuda a comprender el impacto de la enfermedad, sino que también orienta decisiones terapéuticas. Por ejemplo, puede ser útil antes de una cirugía para epilepsia, con el fin de estimar el posible efecto del procedimiento sobre funciones como el lenguaje o la memoria.

En los últimos años, la investigación ha demostrado que la rehabilitación neuropsicológica puede ayudar a muchas personas a desarrollar estrategias para compensar las dificultades cognitivas. Aunque no elimina la epilepsia, puede mejorar el rendimiento en actividades cotidianas mediante ejercicios dirigidos, entrenamiento en el uso de ayudas para la memoria y técnicas para organizar mejor la información. Además, controlar adecuadamente las crisis mediante tratamiento médico suele favorecer un mejor funcionamiento cognitivo a largo plazo.

La evidencia reciente también destaca la importancia de abordar la salud emocional. La ansiedad y la depresión son más frecuentes en personas con epilepsia y pueden influir tanto en la calidad de vida como en el rendimiento cognitivo. Por ello, el tratamiento más eficaz suele ser multidisciplinario, integrando neurólogos, neuropsicólogos, psicólogos y otros profesionales de la salud.

Comprender la relación entre la epilepsia y el funcionamiento cognitivo nos permite mirar más allá de las crisis. El objetivo no es únicamente controlar las descargas eléctricas del cerebro, sino también preservar la memoria, el aprendizaje, la autonomía y el bienestar emocional. La neuropsicología demuestra que conocer cómo funciona el cerebro es una herramienta esencial para ofrecer una atención más completa y centrada en la persona.

Fuentes científicas utilizadas

  1. Elger, C. E., & Helmstaedter, C. (2023). Cognitive Challenges in Patients with Epilepsy. The Lancet Neurology.
  2. Witt, J. A., & Helmstaedter, C. (2021). Cognition in Epilepsy: Current Clinical Issues of Cognitive Impairment and the Contribution of Neuropsychology. The Lancet Neurology.
  3. Hermann, B. P., Jones, J. E., & Dabbs, K. (2021). Cognitive Outcomes in Chronic Epilepsy: A Lifespan Perspective. Nature Reviews Neurology.
  4. Kanner, A. M., et al. (2022). Psychiatric and Cognitive Comorbidities in Epilepsy. Epilepsy & Behavior.
  5. International League Against Epilepsy (ILAE). (2022). Recommendations for Neuropsychological Assessment in Epilepsy.
  6. Baxendale, S. (2020). Neuropsychological Assessment in Epilepsy Surgery. Nature Reviews Neurology.
  7. World Health Organization. (2023). Intersectoral Global Action Plan on Epilepsy and Other Neurological Disorders 2022–2031.